Hoy me digné a publicar después de muchos días en que me he cercenado el cerebro decidiendo que. Ahora que las vacaciones por estos lares ha llegado, y el momento de vagabundería está recién asomando las narices, ya tengo más tiempo libre, ¡hurra!. Así que he decidido mostrar una creación ajena (sí ya sé que como es mi blog tienen que ser cosas mías, etc...).
Esta historia viene de la mano de un amigo que en sus tiempos de ocio, los cuales son muy recurrentes dicho sea de paso, hace cosas como escribir. Y lo hace desde las entrañas, regurgitando todo sentimiento contenido en ellas; pasando desde su casi inexistente felicidad, hasta las más pura y deliciosa ira que cualquier ser humano común y silvestre pudiera imaginar siquiera. Su forma de hacerlo siempre ha llamado mi atención y, por qué no decirlo, es de mi gusto.
Sin más, he aquí la historia de mi "maestro jedi".
Esta historia viene de la mano de un amigo que en sus tiempos de ocio, los cuales son muy recurrentes dicho sea de paso, hace cosas como escribir. Y lo hace desde las entrañas, regurgitando todo sentimiento contenido en ellas; pasando desde su casi inexistente felicidad, hasta las más pura y deliciosa ira que cualquier ser humano común y silvestre pudiera imaginar siquiera. Su forma de hacerlo siempre ha llamado mi atención y, por qué no decirlo, es de mi gusto.
Sin más, he aquí la historia de mi "maestro jedi".
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Ojos de agua
1. Epilogo
Tenía como 5 o 6 años. Estaba en club campestre del Banco Continental
con mi viejo. No recuerdo bien cómo sucedieron los hechos pero de pronto
me encontraba en el borde exterior de la piscina grande, aquella reservada para
los adultos o personas que supiesen nadar. Mi viejo estaba dentro de ella,
nadando y pasándola bien. Yo, que no sabía nadar, me limitaba a observar a la
gente. Después de algunos minutos de observación, llegué a la conclusión
que eso de nadar no era nada del otro mundo: simplemente consistía en mover los
brazos y piernas y mantener la cabeza fuera del agua. Tampoco los nadadores
eran gran cosa, había de todo: viejos panzones, señoras mayores y algunos
niños. La verdad se tornó diáfana cuando vi entrar a la piscina a un niño de
unos 10 años. Me sorprendió –por ese orden- la cara de tonto que manejaba y el
clavado con el que consiguió adentrarse en el agua. "Si ese puede, pues
también puedo yo", fueron mis afortunadas conclusiones antes de sacarme el
T-Shirt y tirarme de cabeza a la piscina.
2. La mirada bajo el cristal de agua
No recuerdo si luché por mantenerme a flote o si imité los movimientos
que había observado hacer a los nadadores. El siguiente recuerdo que
tengo y que se encuentra grabado con fuego en mi memoria es el de estar
hundiéndome en el agua. Sorprendentemente sin un ápice de pánico o
desesperación por una inminente muerte, sino que en un estado de
absoluta paz, viendo fascinado como pequeñas burbujas salían de mi boca,
elevándose hacia la superficie. También recuerdo lo cautivante que era
observar el mundo bajo ese cristal de agua: los árboles aparecían difusos y en
constante temblor; el cielo, como trazado por un pintor impresionista, vaporoso
y tenue. En resumen, lo estaba pasando bomba hasta que una mano cortó toda la
diversión: era mi viejo que tomándome de un brazo e impulsándome hacia arriba,
me retornaba al mundo verdadero, donde los árboles, por más que uno quiera,
nunca se pondrán a temblar.
3. Fazit
Hasta el día de hoy no sé nadar. Pero lo cierto es que si me empiezo
hundir, voy a hacer todo lo posible por mantenerme a flote. Seguramente al
sentir ingresar agua en mis pulmones me voy a desesperar y pasarla muy mal:
nada de fascinación al ver árboles trémulos y cielos impresionistas, sólo
sufrimiento y terror. La conclusión es que perder aquella inocencia de niño es
la primera gran tragedia en la vida de todo ser humano. Lamentablemente, eso le
ha de pasar a todo el mundo tarde o temprano; desearía que no fuese así, porque
a ese que sacaron de la piscina ya no era Alejandro, sino otro. El verdadero
permanece aún en el fondo, embelesado por esa belleza que sólo los niños saben
encontrar debajo del agua.
4. Bonus Track o La mirada bajo el cristal de aumento de la abuela
Una vez Kelly me contó una historia de circunstancias diferentes, pero
en esencia muy parecida: de niña encontró los lentes de su abuela olvidados
sobre una mesa. Una vez en la azotea se los puso y descubrió una realidad
nueva, en donde los objetos se empecinaban por estar siempre cerca. Maravillada
por ese descubrimiento, Kelly permaneció con los lentes revoloteando feliz
por la azotea hasta encontrarse con el borde. Se detuvo, asomó la cabeza
hacia el exterior y miró al suelo. Después de sopesar muchas posibilidades,
decidió que lo más divertido sería saltar y seguir jugando allá abajo. No
advirtió, por cierto, que el suelo estaba a 2 pisos de distancia y un salto de
esos podría ser mortal. Al final sobrevivió la caída y ganó una historia que
contar y, tal vez, la certeza que se había roto algo mucho más importante que
un par de huesos, eso que llaman inocencia de niño que una vez rota, a
diferencia de un fémur, nunca más se volverá a sellar...
... Ya nada volvería a ser igual.
Guillermo A. Torres Burga
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