sábado, 24 de diciembre de 2011

Hoy 25 de diciembre

Hoy ha sido un día ajetreado. No fue buena idea salir hoy de casa, demasiada gente en la calle, la bulla de los autos, las diferentes canciones de las luces navideñas que en conjunto suenan aberrantes, todo el día 24 ha sido un tremendo caos.
En estos instantes, siendo ya 25 de diciembre, sigo escuchando los fuegos artificiales... y me siento en medio de una guerra. No he hecho una cena navideña, mucho menos estoy escuchando villancicos (toda la semana me la he pasado escuchándolos hasta decir basta), hoy la estoy pasando como cualquier día. La razón: el presupuesto mensual no me alcanza para este tipo de celebraciones. Si lo pienso bien, no soy la única persona que esté pasándola igual o peor que yo.


La Navidad, lejos de ser una época de reflexión y de celebrar su verdadero significado, se ha vuelto una fecha para explotar una vez más las figuras representativas para vender todo tipo de productos. Esto ya se ha vuelto una costumbre aquí y en todas partes. Es triste ver como se está degenerando el concepto navideño. Aunque también están las celebraciones ajenas a la navidad: está por ejemplo la fiesta del Capac Raymi , fiesta perteneciente a la cultura Inca del Perú que se celebra el 25 de diciembre.


Dejando de lado mi momento de introspección, espero que el resto del mundo esté pasado unas Navidades como las esperaron,  y si no, el siguiente año será mejor. Y los que celebran otro tipo de festividades en esta época del año también espero que haya sido productiva.


Ahora sí me voy a ver el Inkigayo, dejo el link a los que pasen por aquí y les guste el kpop http://www.cym.asia/cymtv.html gracias a los chicos de Corea y más http://www.cym.asia/. Saludos.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Comeback y una historia

Hoy me digné a publicar después de muchos días en que me he cercenado el cerebro decidiendo que. Ahora que las vacaciones por estos lares ha llegado, y el momento de vagabundería está recién asomando las narices, ya tengo más tiempo libre, ¡hurra!. Así que he decidido mostrar una creación ajena (sí ya sé que como es mi blog tienen que ser cosas mías, etc...). 


Esta historia viene de la mano de un amigo que en sus tiempos de ocio, los cuales son muy recurrentes dicho sea de paso, hace cosas como escribir. Y lo hace desde las entrañas, regurgitando todo sentimiento contenido en ellas; pasando desde su casi inexistente felicidad, hasta las más pura y deliciosa ira que cualquier ser humano común y silvestre pudiera imaginar siquiera. Su forma de hacerlo siempre ha llamado mi atención y, por qué no decirlo, es de mi gusto.


Sin más, he aquí la historia de mi "maestro jedi".


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Ojos de agua


1. Epilogo

Tenía como 5 o 6 años. Estaba en club campestre del Banco Continental con mi viejo.  No recuerdo bien cómo sucedieron los hechos pero de pronto me encontraba en el borde exterior de la piscina grande, aquella reservada para los adultos o personas que supiesen nadar. Mi viejo estaba dentro de ella, nadando y pasándola bien. Yo, que no sabía nadar, me limitaba a observar a la gente.  Después de algunos minutos de observación, llegué a la conclusión que eso de nadar no era nada del otro mundo: simplemente consistía en mover los brazos y piernas y mantener la cabeza fuera del agua. Tampoco los nadadores eran gran cosa, había de todo: viejos panzones, señoras mayores y algunos niños. La verdad se tornó diáfana cuando vi entrar a la piscina a un niño de unos 10 años. Me sorprendió –por ese orden- la cara de tonto que manejaba y el clavado con el que consiguió adentrarse en el agua. "Si ese puede, pues también puedo yo", fueron mis afortunadas conclusiones antes de sacarme el T-Shirt y tirarme de cabeza a la piscina.

2. La mirada bajo el cristal de agua

No recuerdo si luché por mantenerme a flote o si imité los movimientos que había observado hacer a los nadadores.  El siguiente recuerdo que tengo y que se encuentra  grabado con fuego en mi memoria es el de estar hundiéndome en el agua.  Sorprendentemente sin un ápice de pánico o  desesperación por una inminente muerte,  sino que en un estado de absoluta paz, viendo fascinado como pequeñas burbujas salían de mi boca, elevándose hacia la superficie.  También recuerdo lo cautivante que era observar el mundo bajo ese cristal de agua: los árboles aparecían difusos y en constante temblor; el cielo, como trazado por un pintor impresionista, vaporoso y tenue. En resumen, lo estaba pasando bomba hasta que una mano cortó toda la diversión: era mi viejo que tomándome de un brazo e impulsándome hacia arriba, me retornaba al mundo verdadero, donde los árboles, por más que uno quiera, nunca se pondrán a temblar.

3. Fazit

Hasta el día de hoy no sé nadar. Pero lo cierto es que si me empiezo hundir, voy a hacer todo lo posible por mantenerme a flote. Seguramente al sentir ingresar agua en mis pulmones me voy a desesperar y pasarla muy mal: nada de fascinación al ver árboles trémulos y cielos impresionistas, sólo sufrimiento y terror. La conclusión es que perder aquella inocencia de niño es la primera gran tragedia en la vida de todo ser humano. Lamentablemente, eso le ha de pasar a todo el mundo tarde o temprano; desearía que no fuese así, porque a ese que sacaron de la piscina ya no era Alejandro, sino otro. El verdadero permanece aún en el fondo, embelesado por esa belleza que sólo los niños saben encontrar debajo del agua.

4. Bonus Track o La mirada bajo el cristal de aumento de la abuela

Una vez Kelly me contó una historia de circunstancias diferentes, pero en esencia muy parecida: de niña encontró los lentes de su abuela olvidados sobre una mesa. Una vez en la azotea se los puso y descubrió una realidad nueva, en donde los objetos se empecinaban por estar siempre cerca. Maravillada por ese descubrimiento, Kelly permaneció con los lentes revoloteando feliz  por la azotea hasta encontrarse con el borde. Se detuvo, asomó la cabeza hacia el exterior y miró al suelo. Después de sopesar muchas posibilidades, decidió que lo más divertido sería saltar y seguir jugando allá abajo. No advirtió, por cierto, que el suelo estaba a 2 pisos de distancia y un salto de esos podría ser mortal. Al final sobrevivió la caída y ganó una historia que contar y, tal vez, la certeza que se había roto algo mucho más importante que un par de huesos, eso que llaman inocencia de niño que una vez rota, a diferencia de un fémur, nunca más se volverá a sellar...


... Ya nada volvería a ser igual.






Guillermo A. Torres Burga